“La investigación no es un trabajo propiamente tal,
sino simplemente un acercamiento al otro”
(Margot Loyola P.)[1]

 

La recopilación respetuosa de los saberes

Inicio esta reflexión teniendo en el espíritu las enseñanzas de Margot Loyola, mujer destacada por sus aportes a la difusión del folklor y la cultura chilena, quien desarrolló un trabajo de investigación riguroso en el rescate de un valioso patrimonio cultural de nuestro país, el que fue recopilado por ella misma (método de investigación aplicado a la cultura); lo anterior a partir de un profundo respeto, reconocimiento y agradecimiento por quienes nutrieron sus investigaciones. Todo este trabajo de recopilación de los saberes que le compartían las personas se realizó con una fuerte convicción ética de no provocar ningún tipo de explotación de sus entrevistados.

Considerando esta perspectiva, mi ánimo me lleva a mirar desde otro ángulo un requisito ético que es inherente a toda investigación y que debe sopesar prudentemente cuando esta investigación involucra seres humanos; me refiero al balance riesgo-beneficio.

 Todo este trabajo de recopilación de los saberes que le compartían las personas se realizó con una fuerte convicción ética de no provocar ningún tipo de explotación de sus entrevistados”

El valor de la persona

Siempre se hace referencia a que este balance se fundamenta, entre otras premisas, en el imperativo kantiano de tratar a las personas como un fin en sí mismas y nunca sólo como un medio. Esto implica que las personas tenemos un valor propio que está dado por nuestra existencia, la que es invaluable. A diferencias de las cosas, las personas, desde esta perspectiva, son únicas e irremplazables.

Tanto las normativas internacionales como los documentos que marcaron la historia de la ética de la investigación (Informe Belmont, Declaración de Helsinki, Requisitos éticos de Emmanuel, entre otros) establecen que éste es un aspecto fundamental si se quiere realizar una investigación científica que sea ética. Si bien, todas estas indicaciones coinciden en que hay que realizar una evaluación adecuada de los posibles riesgos y beneficios que conlleva la investigación para el sujeto participante, en disciplinas como las ciencias sociales, estas indicaciones, o bien, no están suficientemente operacionalizadas, o bien, no son cabalmente valoradas por parte de los(as) investigadores(as).  

“(…) todas estas indicaciones coinciden en que hay que realizar una evaluación adecuada de los posibles riesgos y beneficios que conlleva la investigación para el sujeto participante, en disciplinas como las ciencias sociales, estas indicaciones, o bien, no están suficientemente operacionalizadas, o bien, no son cabalmente valoradas por parte de los(as) investigadores(as)”.   

Lo anterior nos recuerda que este es un tema que requiere un adecuado ejercicio reflexivo, incluso en temáticas o metodologías donde aparentemente las investigaciones no conllevan riesgos evidentes para los participantes, por lo que la exigencia de otorgar algún beneficio se tiende a flexibilizar o simplemente banalizar.

En rigor, nunca debemos olvidar que, si bien son los participantes quienes contribuyen de manera altruista en las investigaciones, determinando qué, cuándo y cuánto aportar (autonomía, voluntariedad y respeto al otro), su aporte es imprescindible para el buen desarrollo tanto de la investigación particular, como para el desarrollo del conocimiento general. De lo anterior se desprende la necesidad de siempre retribuir esta generosidad, teniendo como principio que siempre es fundamental la obtención de un posible beneficio para los participantes. En concreto, no hay que conformarse con la simple frase: “no hay un beneficio directo, pero usted contribuirá al conocimiento”.

¿Cómo contribuir a los participantes?

Se requiere, efectivamente, primero, que desde sus inicios el(la) investigador(a) ponga en marcha un ejercicio reflexivo que muestre su interés por las personas que reclutará, cuestionándose acerca de cómo retribuir a los participantes; a saber: ¿Qué beneficio podrían obtener los sujetos por su participación en la investigación?, ¿De qué manera la investigación les podría aportar a sus vidas, a sus creencias, a sus saberes?, etc. Tratando, igualmente, de evitar cualquier tipo de abuso o explotación (en tiempo, disposición, entrega de información, etc.) que se podría generar en una investigación. Esto debe formar parte del ethos del investigador. Siempre hay algo que se puede ofrecer en retribución a la generosidad de las personas participantes. 

Esto debe formar parte del ethos del investigador. Siempre hay algo que se puede ofrecer en retribución a la generosidad de las personas participantes” 

En segundo lugar, no hay que olvidar que también puede ser aquilatado como beneficio para el desarrollo de la investigación, la voluntad y capacidad de generar un contacto o, mejor dicho, un encuentro entre investigador(a) y participante; por ejemplo, en la dinámica de una entrevista o de la reflexión en conjunto sobre la forma de difundir los resultados de la investigación. Como señala Margot Loyola, refiriéndose a lo manifestado por un entrevistado, que en ocasiones riéndose descubrían y se sorprendían ellos mismos su propio saber: “No me había dado cuenta de que esto lo sabía”1.

[1] Recorriendo Chile: Bitácora de viaje. Margot Loyola Palacios [documental]. Pontificia Universidad Católica de Valparaíso. 2020. Disponible aquí.

Información Periodística
Ética y Seguridad en Investigación UC